iebla es un pequeño pueblo andaluz de alrededor de 4.000 habitantes situado en la Tierra Llana de Huelva, a treinta kilómetros de la capital y a sesenta de Sevilla, un territorio en el que, a pesar de su diversidad paisajista, a lo largo de la Historia hay que destacar su homogeneidad socio-cultural, y que, en la actualidad, se presente como única realidad común y tangible en la periferia de la Comunidad andaluza, formando frontera natural por el curso del río Guadiana con el Algarve portugués.

El entorno de la ciudad de Niebla, desde el punto de vista físico, se presenta entre dos ámbitos naturales distribuidos en paralelo en sentido este-oeste. El más septentrional se incluye en la comarca minera del Andévalo oriental con suelos muy degradados, mientras que el más meridional es el ámbito campiñés de la depresión del Guadalquivir.

A lo largo de la Historia, la diversidad natural ha posibilitado y contribuido al desarrollo ininterrumpido en este territorio de sociedades con diferentes modelos económicos, con relación al avance de técnicas que permitían la puesta en explotación de los recursos disponibles en cada momento. Por ello, la importancia de Niebla viene dada a través de los siglos al estar situada sobre uno de los primeros recodos que forma el río Tinto a su paso por la campiña, donde sería posible cruzarlo en momentos de estiaje, y por el inmenso puente todavía en uso desde periodos ya históricos.

Documentadas unas primeras evidencias de ocupación de la zona, fechadas en los IV-III Milenios a.C. será entre los siglos finales del segundo y los inicios del primero cuando el lugar ocupado por Niebla comience a destacar por dicha posición en el conjunto del territorio, entre otros asentamientos humanos sincrónicos. Así, desde finales de la Edad del Bronce, Niebla ya se manifiesta política y económicamente como uno de los centros hegemónicos de la Tierra Llana de Huelva.





En los primeros siglos del I Milenio a.C., en la fase final de la Edad del Bronce, la ciudad debía estar formada por unos grupos de cabañas diseminadas por la meseta donde se localiza ésta, siendo la explotación agropecuaria del entorno su principal recurso económico. En esta fase, en la vertical del río Tinto, pronto se construyó una muralla de piedra que serviría para aislar del resto a la zona más alta de la meseta, preservándola de cualquier peligro.

En los primeros años del siglo VIII a.C., la presencia de comerciantes en las costas andaluzas daría lugar a que en las sociedades locales del Bronce final se produjeran importantes cambios. Dado que estos comerciantes fenicios demandaban la plata que se extraía en las minas onubenses, al estar situada Niebla en una de las principales vías de comunicación de la zona, parte de la población se dedicará a la metalurgia de la plata y a controlar el comercio entre las minas y la costa, siendo la ciudad en el lugar que pudo servir de embarque fluvial hasta el puerto de Huelva.

Por ello, durante los siglos VIII-VI a.C., la ciudad aparecerá rodeada por una muralla de piedra que delimitaba un pequeño cerco situado en la zona N-E del conjunto de la meseta, estando el resto ocupado por talleres metalúrgicos y, tal vez, por zonas de cultivo. Como prueba de la riqueza y la vitalidad de las gentes que habitaban, en la tumba de uno de sus personajes relevantes se depositaron armas de guerra, un jarro y un brasero de bronce, joyas, cerámicas con alimentos, etc.

La anterior muralla será reforzada en la zona del río con un impresionante bastión de grandes bloques de piedra, tal vez para reparar cualquier tipo de desperfecto que hubiese producido en ella o como elemento estructural de un nuevo recinto de tipo oriental que se construyó por encima de la primera. Este nuevo recinto confirma la importancia económica de la ciudad en unos momentos que parecen de conflictos de tipo político y económico en todo el Suroeste peninsular, como resultado de una pretendida crisis tartésica.

Desde estos momentos, parece que cesa la producción de la plata en las minas, y las gentes que habitaban la ciudad tendrían que continuar dedicándose a las labores propias de un centro agropecuario estratégicamente situado en la vía principal de comunicación de la Tierra Llana a medio camino entre la desembocadura del río Guadiana y el bajo Guadalquivir.

Entre los siglos V-III a.C., la fase previa a la romanización en que será denominada Ilipula en los textos, la ciudad turdetana ha dejado importantes elementos de su ocupación, siendo su cultura material muy similar a la que aparece en el resto de las ciudades-estado del Suroeste.

Pero sin duda, continúa representando un importante papel como centro hegemónico, político y comercial de la región. No es posible saber, con certeza, si los niveles de incendio que han aparecido en algunas de las excavaciones arqueológicas que se han realizado, pueden relacionarse con las campañas de Amilcar Barca en el siglo III a.C. cuando el líder cartaginés invadió la península para financiar su enfrentamiento con Roma.





A partir de los inicios del siglo II a.C. cuando, como resultado de la segunda guerra entre Roma y Cartago, el territorio queda para siempre sujeto a los romanos, Ilipla continuará ejerciendo su papel de centro importante en el extremo occidental de la Bética, acuñando moneda en la que aparece ese nombre. Con el mismo nombre y descrita con claridad como parvum oppidum (pequeña ciudad amurallada), aparece incluida en la vía empedrada que, desde la desembocadura del río Guadiana, la unía a través de Ostur (despoblado entre Paterna y Villalba) e Ituci (Tejada la Nueva) con Híspalis. Ahora, y con la construcción del inmenso puente todavía en uso y muy bien conservado, destacará también como punto de paso y modo de comunicación, aglutinando en sus alrededores un buen número de villas rústicas dedicadas a la explotación intensiva de los recursos agropecuarios.

Aunque no ha sido excavado, y por ello hay que tomar todavía con reservas su descripción cronológica, entre la actual Puerta de Sevilla y el río aparece un tramo de muralla de piedra, con torres macizas dispuestas a intervalos regulares, que pudo corresponder al trazado murario de la ciudad romana, o tal vez se trata del anterior protohistórico remozado o reconstruido con posterioridad. No obstante, del periodo romano, en las excavaciones realizadas en el interior de la ciudad han aparecido importantes elementos arquitectónicos de factura romana con suelos cubiertos por bellos mosaicos, y también se ha conservado un buen número de elementos constructivos, tanto en mármol como en la piedra local, aparecidos por azar o reutilizados en obras posteriores, tales como fustes de columnas, capiteles, restos escultóricos, estelas con inscripciones, aras funerarias o culturales, etc. Del mismo periodo sería un acueducto cuyos restos todavía aparecen al norte de la ciudad actual.

En el periodo visigodo, Elepta alcanzaría un alto prestigio religioso y militar como sede episcopal. De hecho, sus prelados asisten desde el año 590 a los Concilios de Toledo y, en el interior de la ciudad, como prueba de ello, han aparecido numerosas muestras arquitectónicas típicas, como cárceles, fustes de columnas, etc. Incluso se conserva una silla en piedra que la leyenda asimila a la cátedra de los obispos de ese momento.





En el año 713 de la Era cristiana Ilipla pasó a manos musulmanas, instalándose en la ciudad un grupo de origen yemeni. Cuando en el año 756 Abd-al-Rahman I se hace con el poder de al-Andalus, la ciudad y su cora se integran en el emirato cordobés, construyéndose entre estos momentos y el periodo califal un nuevo recinto amurallado. Este aparece superpuesto sobre los recintos anteriores, tal vez aprovechando íntegramente algunas de sus partes o derribando otras para utilizar los mismos materiales de construcción. En la zona que mira al río, este recinto aparece con una superficie lisa conformada por bloques de piedra de diferentes tamaños, con tramos rectos y torres macizas situadas a intervalos irregulares.

La historia de Lebla, durante el periodo islámico, es rica y variada como le corresponde a una ciudad andalusí de su importancia política y económica.

En la fitna, desmembración que supone el final del califato omeya, la dinastía de los BeniYahya se hace con el poder de la ciudad, convirtiéndose Yahsopi en rey taifa independiente en el año 1019.

En los acontecimientos políticos del siglo XI, el ejército de Niebla destaca como aliado de los reinos taifas de Mértola y Silves que, junto con el de Badajoz se enfrentan al de Sevilla por el dominio de al-Garb. Sus ejércitos lucharán a las puertas de la ciudad en 1048, tres años antes de que la ciudad finalmente se rindiese a Al-Mutadid, dejando de ser independiente al ser absorbida por el reino de Sevilla en 1051.

Estas luchas hegemónicas provocarán que los almarávides, tribus guerreras muy religiosas del Sáhara, invadirán la Península Ibérica. Con la presencia de la tribus bereberes en la Península, Labla al-Hmra, alcanzará un gran periodo de esplendor. En 1091 los Almorávides dominarán todo al-Andalus, y la ciudad dejará de depender de Al-Mutadid de Sevilla. En este periodo la ciudad alcanzará un alto grado de desarrollo, en el que se mantiene con la tolerancia islámica un buen grupo de cristianos que conservan su fe y sus costumbres, incluyendo las iglesias con sus obispos y cultos.

No obstante, la presión ejercida por los almorávides, hizo que las aristocracias de al-Andalus buscaran la protección del nuevo poder almohade, ya que en ese momento, se habían adueñado de gran parte del norte de Africa. Niebla sería ocupada por sus tropas, aunque se rebelará después a la guarnición que en ella habían dejado. Por ello, en 1154, Abú-Zacarya ben Yumar, enviado por el emir almohade a pacificar al-Garb, tomó Lebla por asalto, donde se habían encerrado los habitamtes de la antigua cora, pasando a cuchillo a todos los varones que habían defendido y vendido como esclavos a mujeres y niños. Posiblemente el cerco anterior quedaría muy dañado, dando lugar al inicio de la reconstrucción de un nuevo recinto, instalándose en la ciudad pobladores de la dinastía de los Beni-Yahya.

Durante el periodo almohade Niebla se convertiría en una de las ciudades de más peso del Suroeste, no solo por su posición, sino por la calidad de sus moradores.

Entre ellos destaca la religiosidad y el prestigio de al-Qasim, que le valió iniciar la primera oración del viernes en la nueva mezquita construida en Sevilla por los almohades.

Con la batalla de la Navas de Tolosa, en 1212, el poder de los almohades irá perdiendo su importancia, desmembrándose al-Andalus en varios reinos independientes otra vez. El último de los reyes islámicos de la historia de Niebla será Ibn-Mahfoh, que para evitar su conquista prestó vasallaje a Fernando III el Santo.





La Lebla de Ibn-Mahfoh, convertida en el reino del Algarve, sería conquistada en 1262 por Alfonso X, recibiendo a partir de ello el mismo fuero que Sevilla. Esta acción, a pesar del vasallaje del monarca musulmán, se imponía a Castilla por la presión ejercida desde el Oeste por los portugueses a lo largo de la primera mitad del siglo XIII. El asedio no fue fácil ni para los sitiadores ni para los moradores islámicos ya que, por la importancia de las defensas de la ciudad, éste duró nueve meses y medio, teniendo que rendirse la población por hambre.

Del asedio cristiano se cuentan episodios interesantes, uno de ellos histórico y otros anecdóticos. Las crónicas del momento cuentan que desde las murallas arrojaban... piedras y dardos con artificios y tiros de trueno con fuego, lo cual ha sido puesto en relación con el primer uso de la pólvora en España. También, en la toma de la ciudad, apareció una invasión de moscas que, al cebarse especialmente en los sitiadores, estuvo a punto de hacerles levantar el sitio. Además cuentan que Ibn-Mahfoh, para demostrar que el sitio era inútil por hambre, trató de engañar al ejército cristiano enviándoles un buey cebado, tal vez el último que quedaba intramuros. Por ello, la puerta más occidental, por donde debió salir el animal, se le denomina de El buey.

Tras la conquista, Niebla fue organizada a fuero de Sevilla, repartiéndose sus tierras entre los nuevos pobladores. En la ciudad comienza la conservación de las mezquitas en las iglesias de San Martín y de Santa María de la Granada, las únicas que se han conservado en pie de las cuatro collaciones que fueron establecidas por el Rey Sabio.

A pesar de la importancia estratégica de Niebla con relación a la frontera de Portugal, en tiempos de Alfonso X no alcanzaría la del reino de Granada, de la que se hallaba en retaguardia. Esta posición sería negativa para la villa, y las penosas contribuciones a la guerra agotó sus recursos. Es por lo que, en 1327, el rey tiene que ceder las rentas del almojarifazgo de sus aldeas para poder reparar las murallas (GARCIA FERNANDEZ, 1986).

En 1369, después de otros intentos fallidos, el rey Enrique II entregó la ciudad al desde entonces Conde de Niebla Juan Alonso Pérez de Guzmán, finalizando el periodo en que ésta había sido regida como concejo y disfrutar de nuevo fuero real.

En el siglo XV, el IV Conde de Niebla inició una política de reconstrucción de la ciudad muy activa, en la que se deben incluir elementos visibles en las iglesias de San Martín y Santa María y, especialmente, la obra del alcázar, derribando para ello la mayor parte de los restos todavía existentes de la alcazaba islámica anterior.

A comienzos del siglo XVI, en 1508, Niebla será saqueada por las tropas del Alférez Mercado, ya que la ciudad se negaba a reconocer como rey a Fernando El Católico. Este saqueo fue tan terrible y cruento que sería puesto de ejemplo desde entonces con el nombre de El Saco de Niebla, en el que fue asesinada gran parte de la población, un hecho que como se ha visto con anterioridad no era la primera vez que ocurría a sus maltratados moradores. Con el reinado de Carlos V la ciudad continuará perteneciendo a la Casa de los Guzmán.

Con posterioridad al siglo XVI, tan sólo habría que contemplar la nueva obra de adecuación de la anterior babacana a las necesidades estratégicas del momento, puesto que desde ese siglo en la ciudad de Niebla se aprecia un mayor declive económico iniciado en momentos anteriores.

En 1755, a resultas del seísmo denominado Terremoto de Lisboa, según Amador de los Ríos, se derrumbó la mayor parte de la torre del homenaje de la fortaleza, que era una de las más altas de Andalucía después de la Giralda de Sevilla, así como otros muchos desperfectos no registrados en las crónicas.

Su colorario será la puesta en defensa de la ciudad por el Mariscal Soult durante la Guerra de la Independencia, que la abandonaría al General Lacy después de volar algunas de sus estructuras defensivas restauradas. Con ello, su conjunto monumental llegará al siglo actual muy deteriorado.



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