a pólvora es un polvo explosivo utilizado en balística, en particular pólvora negra, una mezcla detonante de un 75% de nitrato potásico, un 15% de carbón y un 10% de azufre aproximadamente. La pólvora fue el primer explosivo conocido. Su fórmula aparece ya en el siglo XII, en los escritos del monje inglés Roger Bacon, aunque parece haber sido descubierta por los chinos, que la utilizaron varios siglos antes en la fabricación de fuegos artificiales. Es probable que la pólvora se introdujera en Europa procedente del Oriente Próximo. Niebla disputa con otros lugares el haber sido pionera en su uso bélico, durante el asalto, en 1262, de las tropas cristianas de la Reconquista. Está documentado que la pólvora se fabricaba en Inglaterra, en 1334, y que, en 1340, Alemania contaba con instalaciones para su elaboración. El uso de la artillería en el reino de Castilla también era habitual en la segunda mitad del siglo XIV. A fines del siglo XVI, la fabricación de pólvora en la mayoría de los países era un monopolio del Estado, que reglamentó su uso a comienzos del siglo XVII.

Las piezas de artillería eran en principio de hierro forjado y se construían a la manera de un tonel, forrando literalmente el ánima con sucesivas capas de pletinas de acero - "duelas" -, en caliente, dando unidad al conjunto a martillazos y reforzándolo a cada trecho con bridas de hierro. La pieza se dividía en dos partes, la "caña", el cañon propiamente dicho, y la recámara, "el servidor", de construcción algo más robusta, donde se alojaba la pólvora y que se enchufaba a la caña. Ambas piezas encajaban sobre una estructura de madera, "la cureña", se ataban entre sí, se acuñaban, y si había suerte y no reventaban, el invento disparaba hacia delante. Como se hacían a forja y los calibres eran todos distintos, la munición, "los bolaños", se labraban en piedra a medida de cada pieza. Cada pieza debía tener, pues, una munición a medida, lo que, unido a las dificultades de carga, provocaba en los primitivos cañones una cadencia muy corta.




Pero era prácticamente imposible utilizar este tipo de armas en campo abierto. En realidad, el declive estratégico de la caballería está relacionado con varios fenómenos, tanto relativos a transformaciones sociales como a transformaciones militares; el arma de fuego asestará el golpe final, aunque más adelante.

El arco largo y la ballesta eran eficaces contra formaciones a cuatrocientos metros de distancia, aunque el arco podía lanzar trece dardos por minuto y la ballesta solo dos. Los caballeros disponían de armaduras completas, todas de acero, a veces incluso de dos capas con numerosísimas piezas adecuadamente articuladas. Continuaban usando espadas, uno de los signos distintivos caballerescos aún en tiempos de paz, y puñales de muy diverso tipo. Pero el arma ofensiva de la caballería era la lanza, que, una vez que abandonó el campo de batalla, se refugió en el deporte: torneos y juegos, que encontrarán su momento mágico en las cortes del siglo XV.

La alabarda era un arma terrible, propia del ejército suizo y luego muy extendida; mezcla de lanza y hacha, resultaba arma de punta y filo al mismo tiempo.



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