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Las mujeres, aún las de las más altas familias, salvo que su destino fueran los claustros de un convento, centran la mayor parte de su vida en el cuidado de los niños; un porcentaje muy considerable muere en el mismo parto o a causa de sus secuelas. Por lo demás la virtud de las altas damas, según todas las fuentes, parece centrarse en su propio acicalamiento. Hay una tradición literaria que critica con dureza a la mujer instruida, hecho que refuerza la visión eclesiástica del momento, advirtiendo a los hombres del peligro de acercarse a una mujer culta, que, sin duda, también las hubo. El centro de la vida de estas mujeres era, en consecuencia, su cámara. La cama con dosel, las teteras y otros objetos de la repisa sobre la puerta, el arcón abierto, los avíos de coser, la banqueta triangular y las zapatillas de madera de tacón alto son algunos de los detalles significativos de una delicada y documental escena de vida privada. En cuanto a las relaciones paterno-filiales (entre varones), leemos en una crónica de Módena: "si de siete a quince hace locuras, prueba con el bastón... Si de quince a veinte te cansa", no hay otro remedio que la risión; a los treinta ya no valen los castigos, el hijo ha de ser expulsado de casa. Sin embargo, se añade "haz lo que puedas". Las mujeres, ya se sabe, pasaban de la autoridad paterna a la del marido. Hasta el Renacimiento perviven modelos medievales en el mobiliario. Hay gran profusión de arcas, que irán dando paso en importancia a escritos, bargueños y otros muebles bastante caros, sólo accesibles a los personajes de alcurnia.
Abunda el llamado sillón frailero, de línea austera con respaldo y asiento de cuero repujado, a veces de terciopelo, claveteado con clavos de bronce de variadas formas, algunos muy bellos. Existen modelos plegables. Los bancos alargados de palacios, iglesias y concejos tienen el respaldo ligeramente inclinado hacia atrás, y a veces son abatibles. Los domésticos pueden tener una cajonera o funcionar como arcas levantando el asiento. Estas dos características pasan al mueble rústico dando origen al escafio popular hecho de un banco con reposabrazos que tiene el asiento en forma de tapa de arca que se eleva, y que sirve tanto de asiento como de cama para dormir, colocando encima un jergón. También con taraceas se embellecen las tapas de las arcas, aunque no faltan motivos geométricos hechos a bisel, de tradición popular. Otros ejemplares pueden aparecer forrados con cuero claveteado con clavos de bronce, dibujando líneas caprichosas.
Las camas son lechos de madera sobre los que se colocan ricos ropajes que los cubren por entero. Poco a poco se empieza a generalizar la cama con las patas sobresaliendo del colchón que evolucionará hasta formar doseletes sostenidos por cuatro columnas, y cerrados por cortinajes. En cuanto al estilo, hay una pervivencia del mudéjar, con influencia del plateresco. Se prodiga la línea recta y los planos sencillos. Lo que se traduce, al decir de uno de los máximos estudiosos del mueble, D. Luis Feduchi, en que: "Como todo el arte español, el mueble es también dramático y austero y, si se quiere, rígido, pero responde siempre a las características esenciales de dignidad y fortaleza resaltadas con agudos y violentos contrastes". |